Cynthia Carllinni imagina la vida después del colapso a través de las abejas en Fundación El Mirador

¿Qué queda de una civilización cuando las abejas desaparecen? En Las amenazas de nuestro mundo, Cynthia Carllinni construyó una respuesta tan inquietante como extrañamente amable. Su primera exposición en Fundación El Mirador, con curaduría de Sol Echevarría, desplegó en Brasil 301 un ecosistema futuro habitado por máquinas, flores artificiales, criaturas antropomórficas y objetos que intentan reemplazar aquello que la humanidad perdió.

El título nació de la lectura del libro homónimo de Isaac Asimov, dedicado a explorar distintas formas posibles del fin del mundo. La amenaza ya atravesaba la producción de Carllinni, pero el encuentro casual con una pequeña abeja fabricada por un artesano terminó de activar el universo de la muestra. A partir de ese hallazgo, la artista imaginó un planeta donde el cambio climático provocó la extinción de estos insectos, redujo la polinización y llevó al colapso de buena parte de los cultivos y la biodiversidad.

Un futuro construido con los restos del presente 🐝

Carllinni trabaja a partir de objetos encontrados, materiales descartados y piezas que recolecta incluso antes de saber qué lugar ocuparán en su obra. Chatarra, resortes, motores, ventiladores, cartones, maderas y elementos domésticos pierden su función original para integrarse a organismos que parecen haber aprendido a sobrevivir entre los restos de la civilización industrial.

La sala reunió esculturas con esqueletos de hierro, cuerpos ambiguos, columnas de cartón, flores de brea y colmenas construidas con materiales recuperados. Cada pieza conserva cierta autonomía, aunque el recorrido las hace convivir como especies de un mismo hábitat. Echevarría define esta relación mediante la idea de idiorritmia, una coexistencia donde lo heterogéneo mantiene sus diferencias y ajusta su presencia frente a los demás elementos.

“La chatarra deja de ser ruina para funcionar como la infraestructura de un hábitat posible”, escribe la curadora.

 

Abejizar para reemplazar lo irremplazable 🤖

Uno de los núcleos más llamativos de la exposición fue un supuesto microemprendimiento de abejas artificiales. Allí aparecían criaturas mecánicas, piezas fallidas y un kit diseñado para “abejizar” objetos amarillos mediante alas y antenas. Una pava, una caja de joyas y otros elementos cotidianos podían ingresar en esa cadena de transformación.

El gesto tiene algo de juego infantil, experimento doméstico y solución empresarial absurda. Dentro de este futuro, la especie humana intenta reparar el desastre con prótesis, imitaciones y tecnologías precarias. Las máquinas vuelan, vibran o simulan comportamientos biológicos, aunque su condición artificial permanece siempre visible.

“Esta es una escultura de un personaje ambiguo que está ayudando o destruyendo el mundo que habita”, explica Carllinni durante el recorrido.

Esa duda atraviesa toda la muestra. Los personajes parecen cuidadores, operarios o sobrevivientes, pero también podrían formar parte del mecanismo que produjo la catástrofe.

 

Un laboratorio para enseñarles a ser abejas ⚙️

En el subsuelo, la ficción adquiría forma de laboratorio. Rodeadas por resortes de colchón, las pseudoabejas utilizaban motores y ventiladores para aprender a volar y comportarse como aquello que reemplazaban. Cerca de ellas se acumulaban intentos descartados, objetos que quisieron convertirse en abejas y fracasaron durante el proceso.

La instalación incorporaba cuadros bucólicos con paisajes vegetales y un gran panal construido con fragmentos de piso de madera cubiertos con brea. La naturaleza sobrevivía como representación, recuerdo o decorado, mientras las nuevas criaturas ensayaban una organicidad programada.

La inteligencia artificial también circulaba por la sala, mezclada con el zumbido de mecanismos antiguos. En lugar de presentarse como una tecnología limpia y abstracta, aparecía contaminada por materiales usados, errores, sonidos y cuerpos incompletos.

Entre la catástrofe y el humor oscuro 🌼

Aunque el punto de partida es el colapso ambiental, Carllinni evita construir una experiencia solemne. Sus esculturas combinan tragedia, ternura, absurdo y una estética deliberadamente ingenua. Las flores, los animales y las plantas conservan algo reconocible, pero sus nuevas formas revelan que pertenecen a un mundo posterior al nuestro.

La exposición proponía pensar cómo podrían relacionarse los restos industriales, los organismos vivos y las tecnologías cuando las categorías habituales dejaran de funcionar. Lo biológico y lo mecánico se contaminan hasta producir entidades nuevas, constituidas por esos encuentros.

Las amenazas de nuestro mundo se presentó en Fundación El Mirador, en Brasil 301, San Telmo, con curaduría de Sol Echevarría. En ese escenario, las abejas artificiales, los objetos abejizados y las criaturas híbridas armaron una ficción incómodamente cercana: una sociedad capaz de fabricar sustitutos para todo, incluso después de haber destruido aquello que necesitaba conservar.

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